viernes, 3 de enero de 2014

Juan Moneo Lara (1953-2013) II



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Un ángel llamado Juan, un demonio llamado Torta

Quienes lo conocimos bien podemos concluir que Juan Moneo Lara estaba poseído. Dicho de otro modo, en su misma persona cohabitaban dos seres opuestos manteniendo una compleja relación llena de luchas interiores, elevadas contradicciones y un alto porcentaje de auto destrucción.

Esa fricción emocional que se producía entre Juan Moneo y El Torta hacía saltar chispas de dolor en forma de emociones encontradas a través de su cante. Ahí su letal poder de transmisión.
Por un lado estaba ese Juan risueño, rimando gracias surrealistas, y tan inocente como un niño grande. Pero también, ese Torta que aparecía cuando Juan se sentía indefenso ante la polvareda de su ingenuidad y lo poseía con una fuerza descomunal. Entonces comenzaba una lucha salvaje que solo se mitigaba empleando el exorcismo de su arte y terminaba siempre, mejor o peor, vomitando un cante nervioso e hiriente.

El Torta entraba en Juan y cuando lo hacía cantar lo retorcía; le agitaba los puños como pegándose con algunos dedos entrelazados; le abría el pecho en canal; le subía los pantalones hacia arriba… Lo convulsionaba hasta tal extremo que al terminar el cante Juan nunca sabía dónde estaba, ni qué había pasado.

Y en ese trance, en realidad lo que pugnaban dentro de él era un trozo de cielo y otro de infierno, separados en décimas de segundo así fuera el pulso. Juan buscaba amaneceres blancos, a su madre en una barca desde Cádiz a Gibraltar, amores puros y flores lilas… El Torta se empeñaba en transitar noches oscuras con aquella mala compañera que conoció en el barrio, bares, esquinas, ciegos y vacilones…

En realidad él se quedaba vacío en el banco solitario de su existencia, nosotros éramos los que recibíamos esas batallas internas, que él perdía siempre, en forma de un cante enduendado y lleno de las descargas chispeantes de unas letras que en cierto modo eran una crónica de sus propias desdichas.

El cielo de Juan, el infierno de El Torta.

El cante que cura y el cante que hiere a medio milímetro de distancia por tener un pie en una nube y otro en las tinieblas.

¡Hasta siempre Juan! ¡Hasta siempre Torta!

Gracias por hacernos soñar y sentir contigo en esta tu última noche que me temo será ya más larga que la muerte con la que siempre mantuviste un pulso sin igual. José María Castaño Los Caminos del Cante


Adiós a otro "Majareta" del cante


A las tres de la mañana, esa hora en la que tantas veces se perdió por tabancos y tugurios malbaratando su cante de dioses entre crápulas, harto ya de maltratarse, Juan Moneo Lara, la cima de una legendaria estirpe cantaora de la Plazuela de Jerez, calló sus metales mohosos para siempre. La última noche del año trece. Cumpliendo los cánones de su mito: sin esquela, porque ayer no hubo periódicos. La historia volandera del Torta, ese aladino sin lámpara que vagó por todos los infiernos mientras le ponía una cúpula al cante, tenía que escribirse así. En el aire. Sin pluma ni tintero. Y en su mejor momento. Estaba mejor que nunca y esa fue su muerte. No supo adaptarse a la normalidad. Fuera de todos los peligros que siempre acechó, su corazón se paró a su hora de siempre, las tres de la mañana, en su casa de Sanlúcar de Barrameda, desembocadura vital de un hombre siempre agonizante que intentó vencer a sus tormentos y perdió justo cuando dejó de alternar con ellos. Su mujer, Almudena, se acostó. Él le dijo que iría a la cama en un rato, en cuanto se le pasara el asma que tenía y que estaba intentando sofocar con un ventolín. Pero nunca volvió. Fue hallado en pijama, sentado en el sofá del salón, con el medicamento en la mano y el rostro esculpiendo su última queja. Tenía 61 años y había vivido siete vidas. Allí dejó, sentado como un pope del cante, una forma de entender la jondura que no se puede explicar. El Torta fue un gitano bohemio que heredó sin darse cuenta la locura de Manuel Torre, se hizo todo el daño que pudo para poder herir a los demás cantando, y halló el camino inescrutable de la emoción. Grabó pocos discos en solitario, pero colaboró en muchos. Porque fue tan dañino para sí mismo como generoso con los demás. Por eso El Torta era indiscutiblemente considerado uno de los grandes genios del cante de hoy. Porque tenía la capacidad de cantar desastrosamente y al instante siguiente conmover hasta a las estatuas de mármol. Y nunca buscó más que lo que necesitaba para su cuerpo. Una vez, en la Fiesta de la Bulería de Jerez, se subió al escenario con el contrato en la mano. Antes de empezar a cantar, dijo que su cante valía un dinero, aunque sus espantadas lo rebajaran de precio, y que allí no querían pagárselo. Así que rompió el contrato sobre las tablas, lo tiró al suelo, lo pisó, y le dijo a Moraíto que le diera por bulerías. Cantó su histórica letra callejera, su trágica autobiografía: «En mi barrio conocí / a una mala compañera / que se llamaba heroína / y no puedo apartarme de ella». La plaza de toros de Jerez se vino abajo porque aquel hombre estaba cantando con sangre en las encías. Su verdad. Con un soniquete nuevo. Y reconociendo su error: «Siempre estoy tirado en la calle, / en los bares y en las esquinas, / cambio mi vida por la muerte / por la maldita heroína». Él mismo se hacía las letras. Contaba que no las había compuesto, sino que las había vivido y trasnochado. Por eso era tan difícil verlo en los circuitos oficiales del flamenco. Había que buscarlo en su ambiente, ganándose la vida por las peñas para luego despeñarse al alba. Y aún así, todos los grandes lo mentaron como uno de los genios fundamentales. Tuvo seguidores silenciosos a manojos. Gente que hacía los kilómetros que hicieran falta para verlo. Y que soportó cientos de espantadas y desplantes sólo para poder escucharle uno de esos quejidos en los que el gitano guardaba toda la historia del cante.

Últimamente se había profesionalizado más gracias a su proceso de desintoxicación, en el que el Moneo se había dejado el pellejo. Eso le permitió recuperar su vieja senda de triunfos, como cuando ganó el segundo premio del Concurso de Mairena en los setenta. El de la calle Acebuche, epicentro de los ayeos del barrio de San Miguel, formaba parte del espectáculo 'VORS (Very old rare sherry)', junto con todos los grandes ecos vivos de Jerez: su hermano Manuel Moneo, Agujetas, Fernando de la Morena, Luis el Zambo... Cantó en el Teatro Central de Sevilla el pasado mes de octubre como maestro invitado del joven Jesús Méndez, uno de sus tantos admiradores. Y luego montó un espectáculo con el grupo Mixtolobo que dirige el guitarrista de su tierra Juan Diego. Iba a cantar en el Festival de Jerez y en la Bienal. Estaba buscando su sitio en la cúspide y los programadores se lo rifaban para los grandes festivales del mundo. Y entonces se le paró el corazón en las últimas horas del año de los bajíos. Así que ahora su voz ocre y de coágulos sólo podrá seguir latiendo en sus discos, sobre todo en 'Luna mora' y 'Colores morenos', dos referencias ineludibles de su austera grandilocuencia.

Por eso ayer a las cuatro de la tarde se acabó el vino en Jerez. Fue todo el mundo a llevarlo al cementerio, donde ya descansa a la vera de Moraíto, el gitano que siempre le acompañó en su sinvivir y que ahora le arropará también en el mano a mano que la historia les depara con el Pica, inventando letras de noches sin fin y cuerpos sin límite para meterlas por soleá de Frijones, o por seguiriyas del Majareta Manuel Torre, o por bulerías de la Plazuela, en la botella de solera que nos vamos a seguir bebiendo los aficionados en su memoria. Como dicen los que saben de vino en Jerez para explicar los caldos majestuosos, El Torta no fue creado en serie, sino que sucedió sin que se sepa cómo. Por eso ese vino será un recuerdo eterno en los paladares. Porque aunque intenten fabricarlo, como el de esa bota no habrá otro. Alberto García Reyes. La Voz Digital

El Torta y la libertad

Los verdaderos genios -aquellos que no son engendrados, como ahora, tras lo que dictan los estudios de mercado y una costosa y bien engrasada tarea publicitaria- suelen distinguirse por ser personas que pasan desapercibidas mientras toman café en la barra de un bar o caminan, con la mirada rendida sobre la acera, por una calle de su ciudad.

Juan era uno de esos genios de pisada tranquila que mostraba su prodigioso secreto solo cuando abría la boca al mundo y justo después de haberse plantando en mitad del escenario con la compostura propia de los reos que se saben inocentes pero que deben de revelar sus debilidades para que podamos entender sus errores y faltas pasadas... Porque a Juan le tocó vivir, y eso lo exime de toda culpa, esos años donde para alcanzar la ansiada libertad todo valía: desde probar la droga más mortífera hasta padecer las revoluciones más justas que ha vivido nuestro país; desde rechazar lo que olía a doctrina y abrazar todo aquello que sonaba a reaccionario. Juan -si el mundo no corriera tanto- daría nombre a esta última generación de poetas flamencos que fueron madurando a ritmo de bulería, sonámbulas madrugadas y renglones torcidos; poetas de raza que cantaban sus alegrías y penas a un pueblo que compartía sus sentimientos y que aprendía, como ellos, a vivir en la estrenada libertad. El Torta se fue tantas veces que un día, sin que él lo supiera, logró quedarse para siempre en la memoria colectiva de este Jerez que, como ocurre siempre con sus héroes únicos disfrazados de cotidianidad, correrá atropelladamente ahora a hacerle homenajes para colgarse medallas de papel de aluminio... Pero a él ya poco le importa y volverá a cantar para sí mismo, como hizo siempre, para curarse unas heridas que solamente los héroes pueden permitirse dejar abiertas toda la existencia. Santiago Moreno. Diario de Jerez


El guardián de la luna

"He cantado muy chungo en Jerez y se han puesto de pie". El Torta, el guardián de la luna, era un niño grande que al cantar solía arrancarle una lágrima a una roca cuando la tarde le venía sublime. Su voz rebelde no admitía término medio: o puerta grande o enfermería. El genio de La Plazuela era consciente de que "la noche es la tiniebla y la tentación" y de que no había un artista en Jerez al que le hubieran perdonado tanto. Bohemio como pocos, "Juan nunca se sabía por dónde te iba a salir, era como Paula, o salía corriendo o te sacaba el peine o ponía la plaza en pie... ¡Ahora se van a dar cuenta del cantaor que era, un incomprendido, mi hermano!" Periquín Niño Jero se muerde las lágrimas y se abraza a Manuel Moneo, el hermano mayor de Juan, en el tanatorio, al tiempo que masculla entre dientes que los puristas más rancios se van a morir sin saber quién era Juan de verdad: "¡Un incomprendido!", recalca. No para el gran público, que lo conocía bien. El Torta igual se presentaba casi sin voz a trabajar, sobre todo en los últimos tiempos, que retrataba al duende con su garganta pellizcándose la piel. Aclamado en los mejores teatros, cuesta asimilar que Juan, un purasangre del cante visceral de San Miguel, cantara por unos pocos cientos de euros si era menester. La última tarde de 2013 cayó poco a poco junto al nudo que enlaza Jerez con Los Puertos bajo una temperatura que congelaba la sangre: como la noticia de la muerte de un cantaor de colores morenos que soñaba "con ser libre, como la burbuja de una tónica", con sus sombras y vaivenes, pero carismático y punzante como nadie con ese swing y ese ángel tan especiales y unos quejíos como relámpagos.

Era genuino e imprevisible y su poder de transmisión bastaba a un público fiel que poblaba los tendidos de la plaza de toros de la calle Circo para celebrar la Fiesta de la Bulería en sus mejores años. Abanderaba entonces el mejor cante de Jerez, personal e intransferible, desgarrador y tremendo, un mirlo blanco, un animal que taladraba la piel con su lamento jondo.

La pasada Nochevieja Juan despertó al alba junto al mejor cartel flamenco de la historia: Paquera, Chocolate, Camarón, El Pica, El Mono, Moraíto, Terremoto, Los Parrilla, Lola Flores, Morente, Rubichi, Sordera... Su eco tan desgarrador estuvo a la altura de los grandes y sólo fue discutido por su lado más oscuro. Una pena.

Artistas como Diego del Morao no olvidarán mil noches de leyenda por más años que pasen: "El mejor macho por seguiriya que yo he visto en mi vida, el de 'tengo yo en mi pecho un clavo hincao', lo hizo Juan en el homenaje a Manolito Jero en el club Nazaret". Alrededor de Diego asienten artistas y aficionados que despidieron a Juan entre anécdotas y un respeto colosales.

Su hondura y su cante cabal con aroma de amontillado viejo sólo era comparables a su capacidad para transmitir y conectar con el público. Únicas eran las letras que hacía suyas para pintar las noches de corinto con Luis de la Pica, o para ir a contarle a su amiga la luna sus desventuras con la mujer de sus sueños, la misma a la que pedía que le abrazara sin hacer preguntas. La luna de Juan, su gran musa, su gran tormento, su perdición. Nadie le cantará como él. Letras que emocionaban por el querer de una madre "que nunca se olvida", letras del desengaño y letras malditas que parecían premonitorias, como ese cante rendido a su eterna pelea con la maldita heroína, esa mala compañera a la que conoció en su barrio. Cada vez que se curaba el espíritu lo lanzaba al viento como su bandera: "Es mi corazón tan fuerte, y mi pecho es una mina, te pío gracias, Dios mío..." Cante del que renegaba cuando se sentía libre, pero al que volvía una y otra vez.

"Si Camarón cantaba bien, él lo hacía mejor", asegura Periquín, su fiel escudero desde que tenían diez años. Juntos iban en busca del duende a la venta Marival sin saber que llevaban la semilla dentro. Juntos protagonizaron noches míticas, algunas en la Fiesta de la Bulería. También fueron memorables aquellas en las que su amigo Moraíto acompañó a Juan en el coso jerezano. De alguna es mejor no acordarse. Ambos lo adoraban y ambos, como cualquier guitarrista a su lado, sudaban la gota gorda al acompañarlo. Juan era temperamental, casi lunático, imprevisible, eléctrico, pura pasión, y ni él mismo sabía qué iba a hacer en el siguiente tercio la mayoría de las veces. Sólo el tocaor pasao de cante podía acompañar con solvencia ese eco tan gitano y portentoso.

"Ha sido un genio hasta para irse, para que nos acordemos de él toda la vida, el último día del 13", subrayaba su sobrino El Barullo, sin encontrar consuelo posible. Manuel, el patriarca de los Moneo, el último estandarte de un molde único, entre llantos callados, añadía: "El 13 nos ha dado por todos lados, en 13 meses se nos han ido mi hermano José y ahora Juan. Nos ha llamado gente de tos laos, gitanos y gachós". Si como persona era genial, abierto y generoso, sobre su cante dice el propio Manuel que "ha sido un fenómeno, un fuera de serie, un grande que tenía musicalidad en la voz. Y muy completo, más que yo, quizá de los más completos que ha dado Jerez. Hacía todos los palos. A Camarón le quitaba el sentío". Manuel se detiene un segundo antes de acordarse: "Era un bicho que desde muy chico ya cantaba, ha vivido tres veces".

Viajar con El Torta fue siempre una auténtica aventura en la que daba fe también de su sentido del humor: En el camino a Madrid para rendirle tributo a Moraíto, los artistas posaron para el fotógrafo Miguel Ángel González en el tren: "Miguel, a mí no me saque por este lao"; "a mí sácame guapo"... A Juan, ese cantaor maldito que nunca se presentó a la carrera de artista, su aspecto físico no era lo que más le preocupaba: "A mí sácame en la foto con mucho dinero, Miguel", le dijo. Genio y figura, Juan ha emprendido su viaje más especial. Y vaya si se equivocaba cada vez que cantaba aquello de "no tengo quien por mi llore, ni quien por mi pase pena, sólo un toque de campana, muy triste, que redoble cuando muera". Aún con el eco de las campanadas que anuncian el nuevo año, ayer se le escaparon unas lágrimas hasta el mismo cielo junto a su legión de admiradores. Descanse en paz. David Fernádez. Diario de Jerez


Una generación diezmada

Lo tenía todo para haberse convertido en una gran estrella de lo jondo. Y lo fue, de una oscura manera. El flamenco, arte romántico al cabo, se alimenta también de malditismo, altar en el que sacrifica, a veces, a sus hijos mejores. Juan Moneo tenía los mimbres de los mejores: un compás prodigioso, un timbre denso, pleno de colores mates, y visceralidad en la expresión. Entrega. Y, sobre todo, un poderoso, irresistible, carisma escénico. El Torta era un héroe. En Jerez. En toda la geografía jonda. Un héroe oscuro. Juan Moneo introducía en su arte, además de sus placeres, sus dolores. Sus letras glosaban con toda naturalidad sus adicciones. Un héroe herido. Un Baudelaire o Lou Reed flamenco con el que todos nos identificamos porque, ¿quién no guarda un niño herido en su corazón?

Una vida de entrega flamenca. El Torta puso el cuerpo, el alma, en su arte. Un paisaje desolado, en los últimos tiempos. Su vida era su cante y en su cante estaba todo: el placer del compás dionisiaco, el dolor de la existencia. En los últimos años sus recitales fueron cada vez más oscuros, indescifrables, dolorosos. Pero tuvo momentos de lucidez tan extraordinarios que nostálgicos y nuevas generaciones de aficionados lo evocaremos juntos al verlo en los primeros compases de 'Flamenco' (1995), la obra maestra de Carlos Saura. O en 'Colores morenos' (1994), sin duda su mejor y más emotivo disco, de los pocos que llegó a grabar. Registrado junto a su inseparable Moraíto, luz y guía, fallecido también tempranamente. Luis el de la Pica, Moraíto, El Torta … todos se fueron antes de lo que esperábamos. Representan lo mejor de una generación de intérpretes jerezanos tan genial como dolorida. Y, lamentablemente, diezmada. Juan Vergillos. Diario de Sevilla




































El Torta, la hora de poder navegar

Cuando el llanto se queda corto, las palabras aparecen para saciar todo el dolor de mi corazón. No hace falta tener medio siglo sobre tus espaldas para haber disfrutado del flamenco más transgresor a la vez que primitivo que se recuerda en Jerez. Un cantaor taciturno, bohemio, inspirado y transmisor de sentimientos privilegiados. Portador del cante más añejo de la Plazuela, su barrio, que se convierte en mito a medida que pasan los minutos.

La última mañana del 2013 se ha despertado de la peor manera, aún no lo creemos. A pesar de las vicisitudes de la vida, Juan parecía inmortal. Nunca esperábamos el fatal desenlace. Un artista capaz de enloquecer a los más ortodoxos del arte y acercar a los más jóvenes a los espacios flamencos. Culpable de levantar los tendidos de la plaza de toros como nadie. Faltan lágrimas para expresar el dolor causado por su ida. Sus colores morenos ya serán negros, sus momentos ya quedarán en la memoria, su luna mora será más mora que nunca y Luis de la Pica podrá escucharlo haciéndole compás.

Como el Torta no habrá otro igual. No siempre estuvo al nivel que se le requirió, pero te causaba ese miedo necesario, esas expectativas que sólo te creaba él. Cuando se sentaba en la silla, con su traje blanco impoluto o su histórico peine rosa sabías que algo iba a pasar, para bien o para mal. Los destellos de genialidad adquirían niveles sobrenaturales cuando se entonaba por seguiriyas, malagueñas, tonás, tangos, bulerías, fandangos, soleares, rumbas... Todo lo hacía bien. La locura quedará huérfana.

Ha llegado la hora de poder navegar en los recuerdos del alma, un viaje eterno entre su inspiración y los duendes. La Plazuela te llora como nunca y Santiago te despide entre sollozos. Ni la Fiesta de la Bulería será lo mismo, ni Periquín Niño Jero será el mismo, ni Jerez será el mismo. Tu huella abismal cual dinosaurio cala hondo y jondo.

El único capaz de acariciar las estrellas tras haber rozado el subsuelo, de arañar y acariciar, de hacer reír y llorar en el mismo contexto.
Se va uno de los grandes, Camarón, El Pica, La Paquera, su tío Luis de Pacote y su mare Mena ya están preparando su entrada triunfal al cielo de los artistas. La calle Acebuche pierde su resplandor más brillante y la calle el Sol hoy está nublada. Descanse en Paz, Juan Moneo Lara 'El Torta'. Juan Garrido. Jere Jondo

"Si algún día me da por volver, iré con el alba"

No recuerdo el día que escuché por primera vez a ‘El Torta’. Tampoco creo que importe. Sí estoy seguro que cambió mi vida. Le dio chispa, alegría, novedad, frescura. Y, sobre todo, tuve el privilegio de convivir con un genio, con alguien que, sin pedirte nada a cambio, te lleva a regiones inexploradas, nuevas, como recién nacidas.

Prescindiendo de lo convencional y de lo ya hecho, de lo prefabricado, el cante de Juan es un eterno soñar, un romance sonámbulo, en el que, como decía Federico García Lorca, “nadie sabe lo que pasa ni aun yo, porque el misterio poético es también misterio para el poeta que lo comunica, pero que muchas veces lo ignora. No sabré decir más, ni mucho menos explicar su significado”.
El cante de Juan es misterio, duende, como el espíritu divino que sopla donde quiere y del que oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. O también el claro del bosque del que habla María Zambrano: “nada determinado, prefigurado, consabido”.
Para Juan, el cante era como la poesía para Rimbaud: “llegar a lo desconocido por el desarreglo de todos los sentidos”. Juan iba más allá de la razón deductiva y discursiva de Descartes, más allá de las ideas claras y distintas. Buscaba la fuente oscura, que mana y corre, aunque es de noche, como decía san Juan de la Cruz. Y, entonces, surgía el duende, una luz en las tinieblas. La inspiración aparecía, como él mismo confesó, “cuando me quedo en blanco, no hay nada dentro de mí nada más que el cante. (…) Es cuando me gusto y me quedo satisfecho. (…) A veces vas premeditado y no te sale”.
Instintivamente, el Torta se alejaba de todo oficialismo y andaba siempre por los márgenes, conviviendo con mendigos, perros y seres a los que nadie hace caso. Era ahí donde encontraba las letras de su cante, que nacía de las vivencias, de su drama vital. Juan cantaba su existencia, su ser de carne y hueso.
Pero, sobre todo, era cantaor de la aurora, como Ortega y Gasset y Nietzsche eran seres de la aurora para María Zambrano “Yo acaricio a la noche, a la luna y las estrellas, a la mañana y al rocío…”. ‘El Torta’ se ha ido, pero volverá, volverá con el alba: Juan María de los Ríos. Los Caminos del Cante

Si algún día me da por volver,
Iré con el alba,
Como la brisa fresca
Que trae la mañana.





























A Juan Moneo “El Torta” Carta abierta a Rolling Stone:

Escribo desde la admiración y el asco.

He visto la portada de la revista Rolling Stone dedicada a Camarón. “Que ya iba siendo hora”. Es raro encontrar una reflexión en la portada. Pero si no lo hace Rolling Stone ¿quién lo iba a hacer?. No voy a glosar los hallazgos y la importancia de la revista. Me gustaría profundizar en esa reflexión, en el “ya iba siendo hora” y en el papel de los comentaristas musicales y los medios de comunicación respecto al flamenco. Yo empecé a escuchar flamenco por Camarón y por Paco de Lucía como tantos otros. Luego fui compañero de viaje de Jorge Pardo, de José Antonio Galicia y de ese largo etcétera de músicos que desde el jazz descubrían en el mundo flamenco lo mismo que Miles Davis, Mingus o Monk habían descubierto en el blues, o en sus raíces, o en su imaginación. ¡Arte!

Rolling Stone, la revista, puso en los años sesenta encima de la mesa la capacidad transformadora del rock, veíamos las películas de Woodstoock y a Otis Redding en el festival de Monterrey . Imaginábamos a Jagger y Richards tratando de copiar a Muddy Waters. Leíamos las crónicas mientras el instinto revolucionario que se atisbaba en Jimi Hendrix o Los Doors se quedaban en el camino entre crónicas de sexo, drogas y rock and roll.

Vimos de cerca la revolución del punk, llegaron los que siempre había estado lejos (incluidos Lou Reed y Los Ramones). Llegó la nueva ola, la licra y los cardados y uno tuvo la suerte (y la dicha) de cruzarse con Enrique Morente. ¡Joder! ¡!Qué duro es el flamenco! Empiezas a escuchar cosas muy fuertes. Cosas que duelen: “Cuando canto a gusto la boca me sabe a sangre” que decía tía Anica, ni Billie Holiday había dicho algo así. Nos convertimos en perseguidores de emociones, las de presente y las del pasado. Íbamos a cada concierto de Pata Negra, buscando el futuro y alternábamos las vanguardias del jazz con Tom Waits, buscamos en África y en Fela Kuti y en Cuba la parte de nosotros que estaba en el flamenco y seguimos perseverando con ayuda de los discos del Profesor Longhair y los conciertos buenos del Doctor John y los malos de James Brown y los desastrosos de Nirvana, las escalofriantes miradas de Miles Davis y los “Blindfold test” con Ebbe Traberg mientras viajábamos para aguantar un concierto entero de Ornette Coleman y todo eso y muchas cosas más (conocer a Cachao a Compay Segundo y a Chavela Vargas, a Peret, al Pescailla y al Chacho). Todo eso, y más, me importa una mierda porque se ha muerto Juan Moneo “El Torta”.

Estos días leerán mucho sobre él porque en las redacciones de periódicos y en revistas les importa una mierda cuando dices “he visto el concierto del año” o “he tenido el escalofrío del siglo”. Lo que importa, lo que hay que sacar, es un panegírico sobre el muerto. Dicen por ahí que el periodismo agoniza, nadie hará una crónica de eso porque los periodistas estaremos en una rueda de prensa televisada de un político o preparando el obituario de una muerte anunciada.

Me duele la muerte de El Torta porque ese tío me ha vuelto del revés como lo hicieron Camarón y Morente. Me duele en el recuerdo de aquella noche que estaba cantando bien en el Clamores y entonces ocurrió: El Torta olvida el micrófono y lanza un quejío que te atraviesa los sentidos y se aloja en algún lugar de tu cuerpo, o de tu alma. Y te conviertes en el ser más triste del planeta.

Y entonces…lloras. José Manuel Gómez “Gufi”. Tiempo de hoy


“Ha muerto en día grande, como él era” 

Jesús Agarrado Moneo “El Guardia”, guitarrista

Las redes sociales donde haya aficionados al flamenco, hoy arden con la noticia de la repentina desaparición de Juan Moneo Lara “El Torta”. 

Todo en él era impulsivo e inesperado, hasta su fallecimiento, justamente en Nochevieja.  El impacto en el mundo flamenco ha sido enorme, pero en Jerez, es que no hay palabras para describir la magnitud de esta pérdida, una más en la lamentable ristra de desapariciones prematuras de los mejores intérpretes flamencos de esta ciudad.

La muerte de cualquier ser es motivo de tristeza.  Pero este ser, tocado por los dioses con la varita mágica de la inspiración, gozaba de la admiración de numerosos incondicionales de todas las edades.   Imprevisible e irregular, su poder comunicativo le convirtió en figura de culto dentro y fuera de Jerez, más allá de cualquier talento cantaor.  Carismático bohemio, figura flamenca con un toque de locura, como las que ya no nacen, porque los tiempos de antes, no es que fueran mejores, sino que han dejado de existir y no volverán.

Recuerdo en la Bienal de los Países Bajos del 2011, el Torta ofreció un recital con Diego del Morao a la guitarra.  Aquella noche proyectó una intensidad que sobrecogió a los reservados holandeses.  Durante la actuación, una mujer a mi lado, muy preocupada, me preguntó si no deberíamos solicitar una ambulancia.  Miré por un momento al Torta, y al verlo igual que siempre le dije que no, que así era él.

Su decir era absolutamente jerezano, a la vez que absolutamente personal, inconfundible, anárquico como él solito.  Un repertorio esencialmente plazuelero y mairenero, pero con algo más.  Cante clásico que él mismo no sabía identificar en cuanto a estilos e historias, ni falta que le hacía.  Componía temas que se convirtieron en clásicos; en cualquier festival un primer tercio de cualquiera de ellos, provocaría los aplausos y gritos entusiasmados del público, cual estrella de rock.

Además de unas pocas grabaciones, su arte quedó registrado e inmortalizado en la película “Flamenco” de Carlos Saura.  El día 1 de marzo estaba prevista su actuación dentro de la programación del Festival de Jerez.

Su final ha sido todo lo sereno que no había sido su vida.  Estando en casa con su mujer e hijo pequeño, el corazón le dejó de funcionar, y la leyenda quedó consolidada para la historia. Estela Zatania. Deflamenco


La séptima vida de un rebelde

La última vez que fui a un recital de El Torta no escribí. No quise hacerlo. La del pasado 25 de octubre en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional de Música fue una de esas tardes desabridas en las que la inspiración no llegaba y se pedían cuentas al staff técnico. El cantaor se escabulló lo más rápido que pudo del sufrido trance, aunque sin guardarse todos los pellizcos para sí: nos tiró algunos de esos que no se vienen venir, descarnan y se esfuman. Sin embargo, nadie protestó. El público que se manifiesta tortista sabe que es así, que unas veces pasa y otras no. Pero, como hacían los fieles del torero Curro Romero, había que estar en la plaza por si acaso. Nunca engañó a nadie. Él mismo lo decía: “Yo soy un cantaor imprevisible”. Imprevisible... y de verdad.

Así era. El Torta -hijo de Luis Moneo Orellana y Filomena Lara Carpio, según relata el especial 'Sagas del cante de Jerez. Los Moneo' de Carlos Sánchez- era un cantaor especial. Y lo sentía: “Soy diferente y raro. Aunque cante por Jerez, porque es la existencia de mi vida, siempre soy yo mismo”. Cada una de sus actuaciones lo evidenciaba. Entre las más destacables de los últimos años, están su participación en el espectáculo colectivo 'ADN Jerez' del Festival Flamenco Mont de Marsan 2004, junto a artistas vecinos como Moraíto, Fernando de la Morena o El Pipa, entre otros. En la Flamenco Biennale Holanda 2011 tuvo una doble presencia: en el homenaje a Terremoto, al lado de artistas jóvenes y veteranos como Jesús Méndez, Miguel Poveda o Diego Carrasco, “estremeciendo a base de verdad”; y en solitario la noche siguiente en el Bimhuis.

Y siguió su camino. Un año después, en el Festival de Jerez 2012, su personalidad brilló entre otras personalidades en el directo del álbum 'VORS. Jerez al cante', con Agujetas, Fernando de la Morena, Luis el Zambo, Capullo de Jerez... Solía decir que Jerez no lo había escuchado nunca cantar como él quería, pero quizás en la Fiesta de la Bulería 2013 pudo desquitarse. Esa noche le cogió bien. Estuvo esperando su turno junto al escenario, acompañado de su niño chico. Y cuando le tocó salir para cerrar la noche, con el toque de Paco Lara, nos entregó a uno de los mejores “Tortas” posibles.

El Torta tiraba de comparaciones taurinas para expresar su duelo con el cante: “Como el torero, que siempre tiene que sacarle un pase más al toro, así estoy yo en el flamenco, con mucha responsabilidad y un poquito de temor”. Pero aquella madrugada en la Plaza de Toros de Jerez hizo una faena buena y serena. Tanto es así que aprovechó para anunciar lo próximo, un proyecto que le tenía ilusionado junto a Mixtolobo y que, tras su estreno en la Muestra de Flamenco del Teatro Central, estaba previsto para el próximo 1 de febrero en el Festival de Jerez 2014. Pero ese concierto no será. La última noche del año 2013, mientras dormía en su casa de Sanlúcar de Barrameda, a Juan Moneo 'El Torta' se le apagó la vela. Decía que había “sido rebelde y perdido tiempo", pero que tenía "siete vidas, como los gatos”. Y esta era la séptima. Silvia Calado. flamenco-world

 










Juan Moneo "El Torta": La Leyenda del Indomable

"No le damos importancia a lo que tenemos hasta que se pierde". Lo sabía bien Juan Moneo Lara, por eso vivía al día, al límite, el mañana quedaba muy lejos y el presente era su única realidad. Él mismo dictaba sus leyes, sin rendir cuentas a nadie y sin importarle lo más mínimo el qué dirán. Era El Torta, un espécimen único: "No soy ni mejor ni peor, soy diferente".

Como persona
Juan Moneo Lara nació en Jerez un 4 de septiembre de 1953. Su apodo 'El Torta', según cuenta en más de una entrevista, se debió "a un guardia civil que había en la calle Empedrada que le decían el Sargento Torta y daba hostias por un tubo. De chico me decían, 'anda niño que eres más malo que el Sargento Torta, y se me quedó pa to la via". De él todos destacan por encima de todo su generosidad, su bondad y su lealtad hacia las personas que le transmitían confianza, era capaz de dar todo lo suyo y quedarse sin nada. Joaquín Padillo, su terapeuta durante años, lo compara con el Apóstol Pablo "se acostumbraba de la misma forma a vivir en la abundancia y en la escasez".

Juan no escondía su dura juventud, cuando incluso fue preso "por no hacer daño a nadie ni por ratero.  Antiguamente la justicia hacía contigo lo que le daba la gana, sólo por no ser un chivato". Sin embargo, siempre sacaba la parte positiva de las cosas defendiendo que todo ello "me ha hecho cantar mejor. El sufrir me ha desarrollado los sentidos".

Aquel "niño con cuerpo de hombre" que todos mientan "porque era muy fácil convencerle", dice Capullo, tenía una personalidad abrumadora, un espíritu indomable, anárquico e incontrolable. Era un ser libre, y las ataduras le complicaban la existencia. Nunca pensó en el porvenir. Cuentan que la única vez que logró ahorrar dinero fue cuando estuvo dentro del programa de rehabilitación y su tutor le controlaba todo el dinero. "Estaba deseando parar después de una actuación para comprar cupones, pero no uno, la ristra entera, o para comprar a su hijo 'un regalito', como decía él. Vivía como si fuese a morirse mañana", relata Paco Lara.  

Era Juan Moneo, "analfabeto", como él reconocía, pero licenciado en mundología o en la psicología de la vida y con un gran corazón. "Es el único que se acuerda de mi hijo cada vez que se sube a cantar", destacaba María Barca, la madre del desaparecido Luis de la Pica y por el que Juan sentía auténtica devoción en todos los sentidos.

Juan, el artista
Para Juan, el cantaor nacía: "El cantar no se aprende, se puede mejorar la sabiduría si has nacido con él, pero  no se puede aprender". Y rechazaba cualquier calificación de artista: "Nunca he sabido cantar,  lo que hago es transmitir".  Detrás de todo ello había un ser tímido que odiaba subirse a un escenario. "El cante debe ser libre y sin dinero. Me gusta subir al escenario cuando quiero y a mi manera, si no me siento como un mono. Pero eso no puede ser", contaba en una entrevista a Jesús Quintero en Canal Sur.

Fue Manolito Jero, quien tras escucharlo, le llevó por primera vez, cuando apenas tenía 18 años,  a los 'Cuatro Muleros' en Jerez junto con Periquín. Allí ganó sus primeros 25 duros y fue el primer paso para una carrera artística cargada de altibajos y que combinó la gloria con el infierno.

Su espíritu salvaje hacía difícil encasillarle cada vez que subía a un escenario. "Ya podías ensayar con él todo lo que quisieras que al final, cuando subía al escenario hacía las cosas a su forma. Era imprevisible", destaca Carlos Sánchez, gerente de SóloxArte, con quien Juan trabajó bastante en los últimos años.  

Sus continuas salidas de tono, sobre todo en muchos festivales, hizo que más de un responsable de cultura le obligase a firmar cláusulas penalizadoras. Si no llegaba a a su hora y en condiciones sufría una reducción en el caché de al menos un 40%.

Pese a todo, Juan era Juan, capaz de lo mejor y de lo peor, pero como dicen sus buenos seguidores: "En cualquier momento puede saltar la chispa y pegarte el pellizcazo".

Capaz de dominar a su antojo cualquier palo, el Torta ha sido y será dueño de la bulería, a la que calificaba como "el palo más difícil que hay, el compás y el ritmo se lleva en los genes y ahí es cuando la caga todo el mundo", recordaba en el programa 'Flamenco Abierto' de Onda Jerez emitido hace ya 13 años.  No obstante, las condiciones naturales de Juan le hacían ser un cantaor completísimo, que arañaba con la misma firmeza en los tangos, que en las alegrías, por no hablar de la malagueña, soleá, seguiriyas o tarantos.

Pese a los "muchos aterrizajes, muchas paradas y muchas estaciones", como aseguraba, mantenía su caché llegando a percibir suculentas cantidades de dinero en los festivales grandes. Sin embargo, su capacidad para derrochar le obligaba en muchas ocasiones a tener que cantar en lugares insólitos (además cobrando poquísimo) para un artista de su nivel.

La revista Vanity Fair describía tras su paso por el homenaje a Moraíto en Madrid la figura de El Torta "el mejor ejemplo del flamenco más salvaje. Del flamenco de noche y juerga. Del vaso siempre lleno. Del olor a humo. De los vicios. Pasional, iracundo, genuino. También del flamenco más puro, de los cantes enraizados, de las tradiciones. Dice que es más de inspiración. Poco de estudio y ensayo. Que le está llegando el momento de sujetarse. De meterse en casa y vigilar con quién anda. Que se mantiene a regañadientes. Que tiene un niño  y una casa de alquiler en Sanlúcar de Barrameda. Y que quiere que su hijo estudie. 'Para que sepa donde está, porque si no el mundo te absorbe'".

La droga
Uno de los mayores lastres en la vida de Juan Moneo fueron sus continuos coqueteos con la droga. Llegó a  ser un toxicómano en aquella década de los noventa en los que la heroína, a la que tanto cantó, entró en su vida. Alcanzó una situación límite, como descubría uno de sus tutores en Brote de Vida: "LLegó abandonado, físicamente estaba fatal y psicológicamente peor, vino rechazado por todos".  Su primer contacto con un centro de rehabilitación se produjo en 2001.

Entre Las Tablas y Brote de Vida estuvo  más de un año con terapia superándola con éxito. Juan se refugió en la comunidad y sobre todo en Dios. Así lo reconocía el 16 de junio en una entrevista en Diario de Jerez: "Dios me ha abierto los ojos, he dejado a un hombre viejo y enfermo para recuperar a otro con mucha vida".

Su reaparición, una de las tantas, llegó el 10 de junio de 2002 en la Peña Antonio Chacón. El titular de este Diario lo decía todo: "El Torta reaparece y maravilla con su arte en Antonio Chacón". Fueron los prolegómenos de su excepcional paso por la Fiesta de la Bulería el 15 de septiembre. 'Y el Torta resucitó' recogía la crónica de Diario de Jerez.
Serían los mejores años y más productivos de Juan, con actuaciones por toda España aunque siempre acompañado de un terapeuta. Cuenta Joaquín Padillo que "recorrimos medio país y me llamaba la atención cómo lo querían por todos los sitios por donde pasábamos, ya fuesen pueblos o ciudades". 

Pero tras abandonar la terapia, recayó, aunque no de un modo tan notable como en su primera etapa. Como reconocía en otra entrevista a Canal Sur, "la droga está ahí y nunca se le puede bajar la guardia. La droga una vez que te coge no tiene pare y te puede mandar a la cárcel, al hospital y a la muerte. Soy un hijo del agobio, como dice Triana".

El de La Plazuela volvió a terapia entre 2005 y 2007. Ese mismo año, en noviembre, lanzó su segundo disco reapareciendo nuevamente con las pilas cargadas. Retirado en la sierra de Cercedilla en Madrid, un lugar en el que según él "hay más plantas que en el Tempul", decía, su vuelta le inspiraba respeto: "Porque el cante es como los toros y por mucho arte que uno tenga, si el toro sale malo... Como mucho le puedes sacar un capotazo".

Como en anteriores ocasiones, al cabo del tiempo sus coqueteos reaparecían, quizás con drogas más actuales como la cocaína, y sobre todo con el alcohol y el tabaco, con los que abusó en su última época teniendo en cuenta su delicada salud de años de desenfreno. Su delicada salud hizo que el pasado agosto volviese a Las Tablas, pero no completó su terapia.

Las letras/La discografía
"Me gusta escribir mis cosas", aludía una y otra vez cuando se le preguntaba por su enorme capacidad creadora. A lo largo de su dilatada trayectoria, El Torta engrandeció su figura gracias a la transmisión de su cante y sus letras. Muchas de ellas pasarán a la historia como en su día lo hicieron otros grandes artistas.

"Tengo muchas letras mías porque no me gusta meterme en jardines de nadie. Son letras que he estudiado, sufrido y trasnochado. Van con mi vida", decía en una entrevista en Diario de Sevilla en 2012.  Así nacieron muchos de los temas que compusieron su discografía, principalmente en 'Al compás de un nuevo alba' (1984); 'Luna Mora' (Dro East West, 1989-2002), donde se percibe la mano de Pepe de Lucía, 'Colores Morenos' (Audivis Ethnic, 1994) y 'Momentos' (Juglar Recordings, 2007). 'Abrázame', 'Iré con el alba', 'Momentos solo', 'Viaje al cielo', 'La heroína' forman ya parte de la memoria de sus incondicionales y de la historia del flamenco. Pero junto a esos temas aparecen otros compuestos por Rafael Lorente, en quien se apoyó mucho Juan, y que amoldaba cada uno de sus versos a la personalidad del cantaor (muchos de ellos sin grabar, como el homenaje a Rafael de Paula, pero que Juan usaba mucho en sus repertorios).

De cualquier forma, Juan tenía una virtud, su extraordinaria facilidad para memorizar letras. Era capaz de no repetir ninguna en una actuación y de plantarles cara, siempre a su modo, a muchas de Camarón o Luis de la Pica, por decir algunos.

No tenía miedo a innovar, y pese a defender lo puro, su espíritu adelantado le permitía meterse de lleno en otros mundos. "Hay quien canta lo que sabe y quien sabe lo que canta, y yo sé lo que canto", confesaba en una última entrevista a un freelance italiano. Quizás por ese pensamiento, "toda la música, sea donde sea, si es buena, para mí vale",  le había  hecho abrir su mente a grupos como Pink Floyd, Michael Jackson, BB King o los Chichos.

Durante su vida, Juan cantó a Dios, con aquel 'vamos a ayudarnos/vamos a querernos/para que este mundo no sea un infierno...'; o la versión que hizo del tema del grupo Alabastro, liderado por el cantaor Paco El Gasolina, y que atendía al título de 'Quisiera ser de barro'.

Colaboraciones en el disco Matajare del también desaparecido Migue Benítez, fan incondicional del plazuelero, o el futuro proyecto de Mixtolobo (que ha quedado a medias), componían otra parte de su atrevimiento. Hasta su propio homenaje al Xerez CD cuando ascendió, con letras de Jesús Agarrado en un tema titulado 'Se lo merece'. Fran Pereira. Diario de Jerez

Del peine rosa a las mil reapariciones

Rebelde, osado, frágil, tímido, imprevisible...Juan Moneo Lara no era un tipo cualquiera, era una persona de extraordinaria naturaleza física y con un corazón grande. "Si grande era como artista más lo era como persona", reiteraban ayer una y otra vez los que le conocieron. Su vida desordenada, en cambio, le privó de alcanzar cotas mayores y por ende, le permitió protagonizar situaciones históricas que hoy día aún se conservan en la memoria de muchos aficionados.

La más recordada llegó a principios de la década de los noventa cuando en plena Fiesta de la Bulería sacó un peine rosa del bolsillo para acicalar su entonces poblada cabellera. Aquel inolvidable discurso de 'Jerez tiene que escuchar el cante bueno. Porque no quiero hablar... Aquí falta La Paquera, y Manuel Moneo, y Luis de la Pica, y el Capullo", relataba ante una plaza de toros a rebosar y vibrando con cada cante y discurso. "Así soy feliz", decía entre el jolgorio de un público entregado.

"A El Torta sólo lo supera El Torta", decía una de las innumerables crónicas que durante su dilatada trayectoria cargó a sus espaldas. Sin embargo, sus seguidores nunca dudaron de él, conscientes de que "puede cantar mejor o peor, pero en cualquier momento salta la chispa".

De pequeño quiso ser torero, confesó en alguna que otra entrevista, como también reivindicó en más de una vez su desencanto por no haber podido ser "carrerista de motos".

Juan hablaba siempre con orgullo de su amistad con Camarón, y presumía de que "el monstruo", como le calificaba, "no quería cantar conmigo, me respetaba". Cuenta en otra aparición que "me llevó al Rocío y allí se partió la camisa. Está escrito en un libro. Me dijo sí, tú puedes cantar mejor que yo en un cuarto, pero tú eres El Torta y yo soy Camarón".

Ese ratito lo aludía constantemente, "cualquiera en mi lugar se moriría feliz", al tiempo que contaba con la misma satisfacción que Lola Flores en El Rocío "esperó a que yo le cantara para bailar".

Pero si algo marcó la vida de Juan fueron sus reapariciones. Sus continuas recaídas y filtreos con el mundo de la droga le llevaron "a dormir en las calles, sobre cartones, en los matorrales, junto a los mendigos que se ponen en El Mamelón. Salía igual en pijama que en calzones blancos, lo que quería era eso. Estaba tirado".

Quizás por todo ello sus letras alusivas al tema calaron hondo entre sus seguidores, convirtiéndose en unas de las más populares. Juan reapareció en 2002 tras pasar un año ingresado en un centro de rehabilitación por las drogas y volvió a hacerlo años más tarde, en 2007, con motivo de la grabación de su último disco en solitario.

Dentro de sus múltiples frases El Torta se marchó con algunas lapidarias como "si no hay locura no hay arte", o una algo más clásica como "si no sufres no cantas bien" y de su última etapa destacaron sus duelos históricos con Capullo, dos nombres propios de la última época del cante jerezano. Fran Pereira. Diario de Jerez

Con tu ida, Juan, "pongamos freno al sufrimiento" 

Otro Juan, éste de ficción, 'Juan Encueros', personaje de 'La historia de los Tarantos', de Alfredo Mañas, dice en un momento: "Pongamos freno al sufrimiento". Algo semejante hubimos de hacer el primer día del año cuando en el tanatorio jerezano dábamos el adiós a Juan Moneo Lara 'El Torta'. Había que frenar de alguna manera la emoción a pique del desborde cuando 'Carrete de Málaga' narraba su reciente experiencia junto a Juan en Torremolinos, cuando nuestra bailaora María del Mar Moreno repetía una y otra vez: ¡qué fuerte!, ¡qué fuerte!, ¡qué fuerte!, o cuando Luis Lara 'Pacote' nos contaba las muchas horas que llevaba sin dormir porque, como resultado del inesperado óbito de El Torta, hubo de llevar a su madre al hospital como consecuencia de una rápida subida de la presión arterial, o cuando Manuel Moneo, el patriarca, nos decía nada más entrar en la sala en la que Juan era velado, llena de mujeres -gitanas y payas-, abrumadas y llorosas: "Míralo, parece que esté dormido" o cuando en la capilla de Jesús Resucitado del Tanatorio todas y todos, hermanas, hermanos, sobrinos, compañera y amigos, algunos hacíamos lo imposible por poner freno al sufrimiento.

El definitivo adiós a Juan Moneo Lara 'El Torta' con gritos de fondo "¡el mejor!", "¡el mejor!", resonaba en nuestros oídos horas después, e incluso en la mañana del lunes 2 de enero mientras pergeñábamos estas líneas como póstumo homenaje a un personaje único, especial, muy especial en su cante como así mismo en su conversación. Con El Torta mantuvimos no pocos encuentros, no pocas entrevistas (peña La Bulería) después de haber superado un prolongado bache, incluso en el centro 'Brote de vida' al que acudimos para con un sosiego ejemplar mantener para Onda Jerez TV una prolongada conversación, encuentros en Alcalá del Valle en dos ocasiones (aquí un recuerdo para Paco Tinajero); en la primera como integrante del cartel programado por la peña flamenca y el Ayuntamiento de aquella localidad gaditana y compartido con Macarena de Jerez, Fernando Terremoto (q.e.p.d.), Pepe de Joaquina y su grupo y otros y, el segundo cuando pletórico de alegría nos ofrecía en primicia imágenes y sonidos de un trabajo realizado en directo en Madrid, en la sala 'El Juglar', titulado 'Momentos', acompañado a la guitarra por su sobrino Juan Manuel Moneo, producido por Javier Guerra; un trabajo presentado en el Colegio de Médicos de la capital de España y más tarde en Jerez.

Nuestros encuentros no se limitaron a lo narrado; en la segunda Zambomba de la peña 'Tío José de Paula', en distintas ediciones de la Fiesta de la Bulería, Viernes Flamencos y las más diversas entidades flamencas. Manuel Vinaza, esposo de Macarena de Jerez nos recordaba sus muchas colaboraciones como palmero con El Torta, como el guitarrista Paco Lara o Joaquín Rodríguez hablándonos de aquella pretérita grabación titulada 'La nueva frontera del cante', grabación auspiciada por el poeta arcense Antonio Murciano, realizada en los estudios de Radio Jerez -entonces en la calle Caracuel-, junto a Nano de Jerez, Mateo Soleá, Paco 'El Gasolina', Manuel Malena, Manuel Moneo, Diego 'Rubichi' con las guitarras de Pedro Carrasco 'Niño Jero', Rafael Alarcón y Parrilla de Jerez acompañando a Tío Borrico como padrino de tantos y tan extraordinarios nuevos elementos.

Juan Moneo Lara 'El Torta' estará acompañando a su gran amigo Luis de la Pica, a Fernando 'Terremoto', a Moraíto, a Curro de la Morena, a Manuela Méndez 'La Chati' y a tantos y tantos mayores como les han precedido y, a no dudar, en algún 'tablao' de allá arriba, de cuando en cuando, como escribió el poeta granadino Manuel Benítez Carrasco, armarán alguna que otra "juerga en el cielo".

Hasta siempre Juan, hasta que aquel que te habrá recibido lo decida te añoraremos, te recordaremos; aunque tengamos que "poner freno al sufrimiento" por tu definitiva ausencia física. Pepe Marín. Diario de Jerez. 

“Sin croquis”, el orden y la anarquía cantaora del Torta (análisis video)

Los que tuvimos la inmensa suerte de disfrutar del cante de Juan Moneo en vivo y en directo, ya un privilegio de la memoria, solíamos escuchar casi siempre el mismo preámbulo. Parece que lo estoy oyendo ahora mismo: “Mi ilusión es que gocéis” y luego parecía como justificarse cuando reiteraba que el suyo era un cante “sin guión, ni croquis ni alevosía…”

Juan intentaba decirnos que supeditaba cualquier conocimiento del cante (que por supuesto poseía en mayor o menor medida) por la intuición. Una vez comenzados los primeros tercios se dejaba llevar mucho más por el corazón que por la mente transitando un laberinto de reacciones emocionales que transmitía de un modo directo.

Pero no es cierto que en Juan era improvisación todo lo que hacía, él tenía una gran base que conste en acta. En sus grabaciones se pueden adivinar sin grande esfuerzos retazos de grandes maestros como Manuel Torre, como Tomás Pavón, Mojama, Tío Borrico, Mairena o Camarón por citar algunos. Recuerdo cuando me pedía cintas de los grandes para un walkman de cinta casete que tenía y que terminó regalando para saldar alguna deuda menor.
Vamos a comprobar con el siguiente video, que nuestros compañeros de Canal Sur han alojado en YouTube (canal Memoranda), como Juan en una aparente bulería por soleá en realidad hace una amalgama de estilos con unos nexos al menos curiosos, fruto de su anarquía cantaora pero también se su largura y conocimientos.

Primero disfrutamos del video que pertenece al mítico programa “La Puerta del Cante” que dirigía nuestro amigo y compañero Manuel Curao. Pertenece a un 9 de febrero de 1990. Es decir, la etapa justo anterior de que sendos artistas dejaran yo creo que sus respectivas cimas artísticas en la colección francesa Audivis bajo la producción de Frederick Deval. Juan Moneo contaba con 38 años de edad y Moraíto con 34 años; unos cómputos perfectos para el desarrollo de la jondura... Sigue en Los Caminos del Cante






martes, 31 de diciembre de 2013

Juan Moneo Lara (1953-2013)


El cantaor jerezano Juan Moneo 'El Torta' falleció la noche del lunes a los 60 años de edad por causas naturales en su casa de Sanlúcar de Barrameda. Desde este blog mi más sentido pésame a familiares y amigos. D.E.P.

sábado, 20 de abril de 2013

Clamores III


Juan Moneo el pasado viernes en la Sala Clamores de Madrid con la guitarra de Paco Lara. Videos youtube de Misterjoy Alegria

Seguiriya y bulería



Bulerías

domingo, 10 de marzo de 2013

Jirones XXIII


Anoche en La Guarida del Ángel con la guitarra de Miguel Salado y la percusión de José Rubichi. Video: MANUEMORENO1958



Cartel de la próxima Fiesta de la Bulería con Manuel y Juan Moneo. El Torta también el 2 de agosto en Los Viernes Flamencos



Foto: Fidel Meneses




domingo, 17 de febrero de 2013

domingo, 10 de febrero de 2013

Trío de Ases


Jerez, 8 Febrero. Bodegon Rociero. Cante: Miguel Flores "Capullo", Joaquín Jiménez "Salmonete" y Juan Moneo "El Torta". Guitarras: Periquín "Niño Jero" y Paco Lara.


Cuando uno acude a una cita como la programada el pasado viernes en el Bodegón Rociero de la Calle Circo, tiene que ser plenamente consciente que aquello puede acabar, como dicen los taurinos, “por la puerta grande o por la enfermería”. Expectación, toda la que ustedes quieran y aliciente pues, muchísimo más. Tres de los cantaores con más tirón y carisma de nuestra tierra, capaces de lo mejor y lo peor en un solo segundo, como son Miguel Flores ‘Capullo’, Juan Moneo ‘El Torta’ y Joaquín Jiménez ‘Salmonete’ garantizan el ‘No hay billetes’ en cualquier  recital, concierto o festival como así fue... David Montes. Sigue en Flamencomanía



Trio de Ases - Salmonte, Torta y Capullo de Jerez from @masjerez on Vimeo.

viernes, 8 de febrero de 2013

Apolo


Barcelona, viernes 1 de Febrero. Sala Apolo. Cante: El Torta y Juana la del Pipa; guitarras: Diego y Pepe del Morao

Muchas veces al acabar un concierto me da pena los amigos y conocidos que se lo han perdido, grandes músicos que no consiguen atraer más de una veintena de personas debido a la falta de promoción. No fue así el viernes en el Apolo, hacía días que Barcelona estaba llena de carteles anunciando el regreso de una “leyenda”, El Torta, acompañado nada más y nada menos que por Diego del Morao y Juana la del Pipa que se suponía que haría algún tema con El Torta. Pues bien al acabar este concierto me daba pena el público que había pagado 20 euros para volver a comentar “siempre igual, que jeta tiene”. Si señores, no es justo que Miguel Poveda cante durante tres horas y El Torta le dedique a su “arte” escasamente 15 minutos. No es justo que use tres palmeros con amplia sonrisa, un gran guitarrista y a Juana la del Pipa, para hacer su concierto y él sea una aparición. Algún defensor dirá que ocurre como en el toreo que vale más 5 minutos de genio que media hora de aburrimiento, pero es que tampoco hubo genio... Sigue en B!ritmos. Foto: Jordi Vidal


Video youtube: 20Rumba

 Otra visión más del recital de El Torta en Planta Baja de Granada en http://www.extampasflamencas.com/